Estambul: comida, bebida, postre e infusión

Cuando viajo, tengo la necesidad de probar la comida local, sea rica o fea. Si me voy de la ciudad sin hacerlo, siento un poco de frustración, porque para mí significa que me perdí de algo que tuve al alcance de la mano: la posibilidad de no ser tan turista y la de poder ser parte de la cultura en la que elegí zambullirme por unos días.

Por eso, en este viaje a la ciudad de “Las Mil y una noches”, caímos en lo típico: comimos un Shawarma. Se trata de un plato tradicional turco que consiste en finas láminas de carne de cordero, pollo o ternera cocinada en un asador vertical, generalmente consumido con un pan plano como pide o pita junto con vegetales, arroz y otros acompañamientos. Para la entrada pedimos hummus, una pasta de garbanzos con un toque de limón, aceite de oliva y, por lo que encontré cuando investigué, lleva también una crema denominada tahina, que es una pasta hecha a partir de semillas de sésamo molidas.

Tienta la foto, ¿no?

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Para tomar, claramente recomiendo agua para poder bajar el shawarma porque resulta un poco pesado. Pero si a la tarde quieren probar algo nuevo, pueden comprar en un puesto de frutas, un jugo de granada y naranja. La granada  allá es fácil de conseguir (hay muchos puestos donde se pueden ver), y yo nunca la había probado. La combinación de los dos ingredientes resultó ser un poco ácida pero después nos acostumbramos a su sabor y nos terminó gustando hasta decidir comprar otro.

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A la noche, a un 98% de la población del mundo le tienta comer algo dulce, ¿o me equivoco? Seguro me equivoco, pero por lo menos en Argentina suele ser así.  En Estambul creo que es un delito no probar una baklava: un pastel elaborado con una pasta de nueces trituradas y bañado en almíbar o jarabe de miel, existiendo variedades que incorporan avellanas y almendras, entre otros frutos secos. De verdad que es de-li-cio-so. Nosotros los compramos en Faruk Gulluoglu, una tienda de dulces artesanales.

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¿Cómo me voy a olvidar del famoso té negro turco? Hay gustos y gustos pero nadie puede pasar por esta ciudad sin probarlo. No sólo es riquísimo, sino que su presentación es muy particular: te lo sirven en un pequeño vaso de vidrio, acompañado con una frágil y diminuta cuchara a su lado. Los terrones de azúcar en un mini bol, es el toque final para hacer sentir a cualquiera en una casa de muñecas.

Nosotros decidimos vivir la experiencia de sentarnos en un bar moderno y turístico, y también en uno más tradicional, en un especie de galpón escondido. No recuerdo el nombre del segundo (porque era un galpón, como acabo de decir), pero el primero, y en donde saqué la foto, se llama Sokak Kahvesi. No encontré la página de internet pero en TripAdvisor aparecen recomendaciones y se muestran algunas fotos del lugar, que dicho sea de paso, está muy bien decorado.

 

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¿Cuál te tienta más?

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