El Malba y una Experiencia Infinita

Así se llama la nueva exposición del Malba: Experiencia Infinita. La idea de la muestra surgió con con la siguiente pregunta: “¿puede existir un museo viviente, donde las piezas actúen, hablen, se muevan y vivan eternamente?” La respuesta no la tengo pero acá va mi experiencia infinita.

Fui hace un par de semanas; no por la muestra, sino porque el Malba es uno de mis museos preferidos. Me gusta desde su arquitectura y estética, hasta los recuerdos que me va dejando en cada vez que voy. Casi siempre mi llegada es espontánea: no planeo ir y, de repente, en medio de una caminata que me lleva hasta la avenida Figueroa Alcorta, lo encuentro y ya no me queda otra opción más que entrar, ver qué es lo nuevo que se está exponiendo y sumar un recuerdo más a los que ya tengo.

Cuando subí las escaleras mecánicas, llegué al segundo piso (el primero lo pasé de largo porque tiene la exposición permanente que ya la conozco casi de memoria). Ahí se encontraba un grupo de personas escuchando muy atentamente al guía, obstaculizando el ingreso a la sala en la que estaba la gran Experiencia Infinita, así que, antes de pedir permiso y meterme, di una vuelta para ver si había otra entrada. Para mi sorpresa, en ese trayecto me encontré con un acceso que estaba tapado por un grupo de mujeres y hombres que giraban a la par agarrados del brazo, en el mismo ritmo y sintonía. Estuve un rato sin entender de qué se trataba, hasta que me di cuenta que aquella era la salida de la muestra, y ellos eran parte de ella.

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Algunos estaban serios pero la mayoría sonreía y yo también lo hice: los miré sonriendo, aprobándolos por lo que estaban haciendo.

Sin entender ni indagar demasiado, decidí volver al punto inicial para empezar bien el recorrido. Fue así como, pidiendo permiso y haciéndole frente a toda la gente que seguía escuchando al guía, entré,  y me encontré con algo que esperaba aún menos. Aparecí en una sala blanca, completamente blanca, con dos pintores en ella que la estaban, justamente, pintando, y lo hacían de blanco. A su vez, en el suelo habían manchas y tarros de pintura, también blanca; el  mismo panorama que uno contempla cuando comienza con los preparativos para mudarse. La mujer que aparece en la foto, vestida completamente de verde, contrastaba con todo el ambiente. Pero no, ella sí que no formaba parte de la exposición.

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Me quedé mirando un largo tiempo a los pintores, como hipnotizada, para ver si había algo más. Pero no, no había nada más. O quizá sí, e incluso había demasiado. Es que estuve diez minutos ahí, preguntándome si toda esa situación podía ser considerada arte y era parte de la muestra, o si realmente estaban ahí pintando y yo estaba quedando como una ridícula, detenida ahí, observándolo todo.

Es que me encontraba inmersa en una situación que en la calle no suele merecer la atención de nadie, pero dentro del museo, estaba obligada a buscarle algo, a querer creer que está por algo, a necesitar darle un sentido, un sentido que puede no tenerlo y que sólo existe si uno se lo quiere dar.

Seguí avanzando y, después de pasar dos salas, llegué a otra, de vuelta blanca, toda blanca. Pero la diferencia con la anterior no era sólo la falta de pintores, sino la abundancia de números y textos. Eran letras y letras que formaban cientos y cientos de nombres, cada uno al lado de un horario igual o diferente al de los demás, que significaba a qué hora y en qué minuto había ingresado el dueño de cada nombre a la sala. Se encargaba de escribirlo un empleado del Malba y era opcional. Yo le pedí que pusiera el mío. Ni siquiera lo pensé, pero tuve la necesidad de hacerlo. Sabía que quizá, esa misma tarde, o al final de la semana siguiente, una vez llenas las paredes, los pintores de la primera sala se ocuparían de borrar todo y dejar la pared limpia para empezar de nuevo. Pero yo quería quedar ese día grabada en ella. Quería ser la Julieta de las 17:48, del domingo 26 de abril.

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Cuando salí de ahí, ingresé a la última sala y otra vez me encontré al grupo de hombres y mujeres, amarrados entre ellos sólo con los brazos, dando vueltas en un sector que unía esa habitación con el pasillo de la salida. Eso quiere decir que estaban en el medio, que no uno no podía irse sin atravesarlos.

De vuelta, los miré por unos minutos, sonriéndoles de forma cómplice, sin entender por qué lo hacía, por qué les sonreía.  Creo que fue la manera que encontré de saludarlos. No me sentía bien estando parada enfrente de ellos, con cara de nada, la misma cara con la que uno ve una pintura en un museo. Quería manifestar algo. Me sentía incómoda. En mi mente sólo podía pensar cómo salir para terminar con la incomodidad, pero al mismo tiempo no paraba de preguntarme quiénes eran, de dónde venían y por qué estaban ahí. ¿Era para ellos un honor ser parte de las performance? ¿No se tentaban en ningún momento si alguien del público los miraba fijo, o se reía? ¿Cómo hace el que quiere ir al baño para salir artística de la coreografía? Sí, me hice todas estas preguntas y muchas más, pero las que no paraban de resonar en mi cabeza eran quiénes eran y qué sentían.

Entonces, para resolver por lo menos alguno de mis interrogantes, me acerqué a ellos y leí un mini cartel que explicaba que lo que tenía enfrente era una “puerta giratoria humana”. Listo, ahí entendí que para salir, había que esperar a que, en algún momento de la performance, hicieran una figura recta entre todos que durara algunos segundos, para avanzar, cruzar el umbral y llegar al otro lado.

Sí, la teoría es fácil, pero… ¿quién iba a ser el primero en hacerlo? Éramos alrededor de siete en la sala y nadie se animaba a arriesgarse, a romper la estructura, a ser parte del arte. Es que era todo muy diferente a lo que estábamos acostumbrados porque significaba sentirse incómodo, y la gente que va a museos no suele querer sentirse así. Yo tampoco.

Pero una turista extranjera que estaba sacando fotos, no lo pensó demasiado, y se acercó a ellos. Sin ningún tipo de temor, se abalanzó en el momento en el que encontró un mínimo espacio. Fue muy valiente pero cometió un error: no siguió la coreografía. No calculó. No se involucró en la exposición. Todas las puertas giratorias tienen una lógica: algunas veces uno la empuja y decide por ella, pero en otras ocasiones, sólo hay que seguirle el ritmo porque quien la atravesó antes que nosotros ya le dio movimiento. Acá se trataba de lo mismo, esta puerta giratoria humana ya estaba en movimiento y había que adaptarse a él, había que seguirlo.

Esta chica retrocedió riéndose, algo inquieta, y esperó unos segundos. Al instante, cuando vio la oportunidad, se lanzó de vuelta, pero esta vez más segura todavía, sabiendo que nada podía salir mal porque ya estaba siendo parte de la coreografía.

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